Días de vicio
Antes de tener que hablar de cada uno de los malandrines(1) que me han metido en esto, tendré que decir de dónde salimos. El inicio de nuestra amistad es curioso, pues no fuimos al colegio juntos, ni somos vecinitos, ni hemos estudiado lo mismo, ni somos amigos de amigos comunes típicos que se conocen tras una noche de fiesta, ni hemos puesto anuncios en plan “Estoy más solo que la una, busco amigos desesperadamente” (al menos en mi caso no), tampoco fuimos juntos a la parroquia en edad de confirmación. Dios nos perdone…
Los cuatro, por si no lo había dicho antes somos uno, dos, tres y cuatro, nos conocimos a la vez, de golpe y porrazo, sin buscarlo, casi sin querer. Lo que nos unió fue un voluntariado que hicimos en la montaña hace ya unos cuantos años. Allí, en Venta del Moro (Valencia), además de currar, durante diez noches consecutivas se liaba una buena: mucho alcohol, música, fumeteo, grandes borracheras (con sus respectivos vómitos, algunos de campeonato), bailes eufóricos (con sus respectivos esguinces), roces corporales (con sus respectivos rolletes(2))… había de todo.
1Malandrines: Si el diccionario lo define como “perverso o malvado”, en nuestra cultura viene de una de las canciones de Gigatrón (grupo de música que ha aportado grandes momentos a muchos jóvenes y no tan jóvenes y que tiene como himno el temazo “te peto el kakas”).
2Hubo todo tipo de situaciones: gente que se lió con más de una persona, gente que tenía pareja fuera del voluntariado y fue fiel, otros que no fueron fieles (lo que les convierte en auténticos malandrines), gente que se lió y salió de allí siendo pareja (con futuro, que sepamos ninguna), gente que lo intentó pero no pudo (lo que supongo que se traduciría en momentos de autosatisfacción o ale-manita o cinco contra uno o, dicho más fino, onanismo silvestre, o sea, que más de uno acabó tocando la zambomba antes de hora), lo que desconozco es si algún degenerado terminaría por abrazarse en exceso a alguna oveja despistada.
